martes, 8 de junio de 2010

No hay nadie a quien cambiar

Últimamente he sido absorbida, una vez más, por mi locura por la lectura. Ahora toca enfrentarse a la realidad: el huerto, imposible de adecentar en una sola mañana; el restaurante sin un solo cliente; y el blog, con la única entrada escrita el mismo día que lo creé. También con el concepto de la realidad algo alterado, pero con energías renovadas gracias a ello. Y sí, puede que dure poco el optimismo, pero habrá que aprovechar el tirón. Volver a la ibofilosofía, sin tratar de convencer a persona alguna. Sin pretender cambiar a nadie, ya que supongo que ése es el error más grande que solemos cometer. Sólo cambia quien quiere, quien se percata de que algo no marcha bien, que hay que dar un giro, a mejor. O simplemente, quien cambia a peor, aquel que se abandona a las corrientes de quién sabe qué moda.

Así que ésta, mi segunda entrada, va dirigida a recordar esto, a quién, no sé. A quien le importe, tal vez a mi misma. No hay nadie a quien cambiar, salvo a uno mismo. Tratar de superarse, y no con estúpidos records, dignos de salir en la tele. En mi opinión, si puede salir en la tele, malo. Sinceramente, me repele la gente que trata de imponer su punto de vista, convencerte, hacerte cambiar de opinión o de forma de ser. ¿Por qué? ¿Para qué? Quiero pensar por mi misma, gracias. Libre albedrío. Diferencia de opiniones. Debates. Si, me gusta debatir, pero desde una base de respeto. ¡Ay! Respeto... Algún día dedicaré una entrada en torno a eso. O varias, desde luego tengo para rato...


Ibone

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