domingo, 13 de mayo de 2012

Tal vez sea hora ya de presentar un pedacito...

"Cuando llegó a Elladamn, Keiran sufría de fiebres altas que le causaban alucinaciones y una extraña infección que le dejaba cada vez con menos fuerzas. Llevaba así días a bordo del barco en el que trabajaba y al no poder faenar y ser una boca más que alimentar, fue abandonado a su suerte en el primer puerto en el que amarraron. La suerte fue que el pueblo en cuestión fuera el único en la costa que contaba con una sanadora como Moira. Arrastrada por la corriente de la brisa invernal y una corazonada anclada en el pecho bajó hasta el puerto una mañana gris del más frío invierno que recordara. No sabía que buscaba, pero sentía la atracción de algo que le llamaba. En un momento dado vio un bulto en el suelo, entre redes sin remendar y desechos de la faena de aquella mañana. Observó que el bulto se movía arriba y abajo, como si se tratase de alguien respirando trabajosamente y cuando se acercó, lo entendió todo. La opresión en el pecho, la corazonada en su estómago, el nerviosismo de aquella mañana. Incluso la inquietud del viento. Se trataba de un hombre, un solo hombre, uno que no había conocido ni imaginado conocer jamás. De piel oscura, y curtida por el trabajo bajo el sol y pelo moreno, sus ojos verdes brillaban febriles, y su boca se abría en grandes bocanadas buscando un respiro para sus pulmones. Los músculos se marcaban bajo su piel, que se veía cedida debido a la pérdida de masa. Moira se arrodilló junto a él y situó su mano sobre el pecho de Keiran, mientras miraba fijamente a unos ojos que no la veían a ella, enfrascados en una visión de otra realidad. Abrió la bolsa que llevaba atada al cinturón de su falda y colocó bajo la lengua de aquel extraño unas hojitas de tilo y verbena, y avisó a los mozos del puerto para que le ayudaran a trasladarle a la plaza de la aldea, donde tenía ella su carro. Por entonces ya todos en Elladamn sabían que Moira tenía un don especial para curar dolencias ajenas. Experta en todo tipo de plantas y frutos, elaboraba unos milagrosos ungüentos que intercambiaba con los vecinos a cambio de huevos, verduras o cualquier tipo de ayuda en su pequeña granja. Su familia había vivido allí desde siempre y pese a que algunos le señalaban por la espalda e insinuaban que se trataban de brujerías, desde que se quedó sola en el mundo fue aceptada e ignorada como una más. Subieron a Keiran al carro de Moira y al galope de sus dos yeguas llegaron a la granja en la mitad del tiempo habitual. Cogió por debajo del brazo al desconocido y susurró unas palabras al viento mientras el hombre emitía un sonido de tormento entre los dientes. Llegaron a la sala principal de su casa en un solo viaje. Tumbó a Keiran frente al fuego, puso a hervir un puchero de agua con eucalipto y encendió las velas que le dejó su madre junto con un libro de remedios. Pasaron tres noches así y la fiebre del hombre se atenuó poco a poco hasta desaparecer. Las visiones cesaron al cuarto día y con el estómago vacío llegó el día de las presentaciones."